fbpx

Actualmente mucha gente habla de “empoderamiento”, y es importante que veamos de donde es el origen, y porque lo buscan tan desesperadamente.

Cuando hablamos de empoderarnos, estamos admitiendo que somos unos mendigos, y que nuestro poder esta fuera de nosotros. La New Age se ha encargado muy bien de distorsionar el termino, y asi nos va…

En el Libro de Génesis 3, los hechos que narra nos pueden dar la pista:

Pero Dios el Señor llamó al hombre y le preguntó:

—¿Dónde estás? 10 El hombre contestó: —Escuché que andabas por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí.11 Entonces Dios le preguntó: —¿Y quién te ha dicho que estás desnudo? ¿Acaso has comido del fruto del árbol del que te dije que no comieras?

12 el hombre contestó: —La mujer que me disté por compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí.

Con esta respuesta, Adán establece dos cosas: que la culpa esta fuera de él, y que el poder también, puesto que no se hace responsable de acción.

Mientras vayamos por la vida, sin hacernos responsables de nuestros pensamientos y actos, NO TENEMOS NINGÚN PODER, puesto que nosotros mismos nos HACEMOS MENDIGOS, RENUNCIAMOS A QUIENES SOMOS.

A lo que muchos llaman “EMPODERAMIENTO” no es más que ha hacer su voluntad, sin responsabilidad alguna sobre sus actos (dictadores).

En el Evangelio Jesús nos explica en la parábola de LOS TALENTOS (Mt. 25, 14-30)

Porque el reino de los cielos es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes.
A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos.
Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos.
 Asimismo el que había recibido dos, ganó también otros dos.
Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor.
 Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos.
 Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos.
 Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.
Llegando también el que había recibido dos talentos, dijo: Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros dos talentos sobre ellos.
 Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.
 Pero llegando también el que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo.
 Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí.
Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses.
 Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos.
Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.
Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.

Lo primero que puede sorprender de esta parábola es la desigualdad: el señor da un número distinto de talentos a cada siervo. No se explica por qué razón el trato es desigual, pero queda perfectamente claro que el punto de partida de los tres siervos es distinto.

La desigualdad es un hecho, no tenemos más que mirar a nuestro alrededor: no somos iguales. Nacemos con distintas cualidades, más o menos propensos a la enfermedad, más o menos inteligentes (o con distintos tipos de inteligencia), más o menos bellos, y en lugares y familias con distintos niveles de vida. Podemos nacer sanos, fuertes, inteligentes y bellos en una mansión del primer mundo, o enfermos, discapacitados y feos en una chabola del tercer mundo. ¿Esto es injusto? Lo sea o no, es un hecho: nuestro punto de partida es diferente, nacemos con distinto número de talentos.

Tras el reparto, el señor se marcha, y no interviene en las acciones de los siervos. Cada uno decide libremente qué hacer con sus talentos, y mientras los dos primeros negocian con los suyos, el tercero decide enterrar el único que tiene. Así, mientras los talentos “puestos en circulación” generan beneficios, el enterrado no puede producir nada.

A su vuelta, el señor pide cuentas a los siervos. ¿Actúa con justicia? Felicita al siervo que recibió cinco talentos por haber producido otros cinco, y felicita igualmente al que recibió dos por haber producido otros dos. Yo diría que es justo: sería injusto que exigiera al segundo haber producido otros cinco, o al primero haber producido diez porque, al recibir más, su obligación fuera aún mayor. Juzga a cada uno según su punto de partida, y pide un fruto proporcional a los talentos entregados. Yo diría que sí, es justo.

Para el que no ha producido, el castigo es terrible: no solo ha sido improductivo, sino que claramente ha desperdiciado su talento: “debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses” No sólo no se ha esforzado por negociar con su talento, sino que ni siquiera se ha molestado en ingresarlo en el banco (lo que no requería ningún esfuerzo). En una total negligencia, se ha limitado a enterrar su potencial, y sentarse a esperar.

Sin duda, el mensaje de la parábola es duro (siempre insisto en que Jesús no es nada “buenista”, y el Evangelio no es ningún cuento de Disney). Si hubiera sido el siervo que recibió cinco talentos el que los hubiera enterrado, el mensaje habría sido similar, pero más confortable: el “rico” sería el “malo de la película” y acabaría castigado por desaprovechar su riqueza, mientras los “pobres” reciben su premio. Sin embargo, la parábola escoge la opción más incómoda: es el “pobre” quien actúa con negligencia, siendo castigado, mientras el “rico”, el que parte con ventaja, es también el más diligente y, al final, recibe un premio mayor.

De este modo, la parábola que empezó con la desigualdad y continuó con la libertad, termina con una contundente enseñanza de responsabilidad: los pocos talentos de partida no sirven de excusa al siervo: tenía la obligación de hacer fructificar su único talento tanto como el primer siervo tenía el deber de sacar partido a sus cinco. Una responsabilidad proporcional a su capacidad, pero existente, en cualquier caso.

Continuamente oímos consignas acerca de la desigualdad como un obstáculo insalvable: los desfavorecidos, los que no han tenido “suerte” en la vida, son presentados como meras víctimas sin responsabilidad sobre su futuro, responsabilidad que recae sobre aquellos que cuentan con más recursos, ya sea porque los recibieron “injustamente”, o porque los han producido a partir de lo recibido. La libertad queda totalmente postergada, la desigualdad se convierte en la causa y origen de todos los males, y la responsabilidad se sustrae de aquellos que recibieron un solo talento, depositándose por completo en los que recibieron cinco.

Esta parábola nos recuerda que todos tenemos responsabilidad sobre nuestras vidas, y el deber (con Dios para aquellos que tengan fe, o simplemente con nosotros mismos) de hacer fructificar nuestros talentos: todos tenemos alguno, todos podemos y debemos sacarle partido. Sin duda aquellos que más “talentos” tienen (ya sean bienes materiales o capacidades personales) tienen el deber de ayudar a los que atraviesan dificultades, pero éstos no tienen derecho a sentarse a esperar que los demás les ayuden: deben asumir su libertad y cumplir con su responsabilidad.

 

By Esperanza Delfin

 Bibliografia :Eduardo  @lvadler

 

 

¡Exclusivo Regalo!
Suscribete a nuestra newsletter

Solo por suscribirte obten nuestra guía
close-link

Pin It on Pinterest

Share This